Soy una caleña de 35 años de edad, madre de una niña de 13. Trabajaba con mi esposo, ingeniero civil, en una pequeña pero emergente empresa contratista de construcción.

Vivíamos en Pereira en una cómoda casa junto a nuestras mascotas: dos perros y dos gatas. Se podría decir que teníamos nuestra vida resuelta: buen empleo, buena educación para nuestra hija y dos períodos de vacaciones al año. A pesar de contar con calidad de vida, sentíamos como familia que algo nos faltaba, no eramos como aquellas personas a las cuales les encantan acumular cosas materiales y quizás vivíamos el sueño de otros. El nuestro parecía estar encaminado en viajar, donde realmente encontrábamos placer.

Fué entonces cuando decidimos lanzarnos en una aventura de al menos un año para conocer otros países, otras culturas, saborear otras comidas, visitar lugares mágicos y llenos de historia. Dejar de contemplar los paisajes por Internet y en lugar de eso, vivirlos. Tenía mi mente saturada de ideas, planes y asuntos por resolver, debía dejar las cosas con el mínimo orden necesario para que a nuestro regreso, retomar la vida laboral no implicara empezar de cero. Rondaba en mi cabeza el colegio de Ana (mi hija), la casa, la empresa, las deudas, mi recién renovado jardín y lo que más me atormentaba: mis mascotas.

Paralelamente mientras resolvía este barullo de cosas, debía definir la ejecución del viaje. Para lo cual nos hicimos las preguntas pertinentes: ¿cuando? ¿donde? ¿como? y sobre todo, ¿con qué? La primera respuesta llegó al cuando, fijamos la fecha en un intervalo de tiempo entre febrero y marzo de 2018, el ¿donde, el ¿como y el ¿con que? tenían estrecha relación. Ya que si bien gozabamos de una estabilidad económica, ésta no era suficiente para mantenernos en movimiento durante un año.

La solución llegó inspirándonos en otros viajeros. Hace un par de años a través de una red social recibimos una pareja de Brasil que habían recorrido Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia en bicicleta. Fué entonces como conocimos el cicloturismo. Además de las redes, usaban la tienda de campaña cuando no tenían quien les ofreciera un techo donde dormir. El es teólogo y ella arquitecta, su historia nos encantó, evidentemente no eran unos adolescentes rebeldes en busca de como matar el tiempo libre, sino unos profesionales buscando sumar ideas y experiencias a su vida y a su futuro negocio.

Tomamos de ellos su modo de viaje, la bicicleta sería nuestro medio de transporte y nuestro hotel, la tienda de campaña. Mi esposo solía practicar mountain bike unas dos veces por semana, para mí, aunque no solía ejercitarme la bici no me era ajena. Pero Ana jamás había montado bicicleta, así que sería nuestro foco a partir de ese momento, y contábamos con un poco más de un año para pulirla.


https://www.instagram.com/viajandogcolombia/

En vista de que eramos unos principiantes en el gremio, buscamos un destino amigable con el cicloturismo. Investigamos mucho al respecto y encontramos que Europa, que cuenta con una cultura ciclistica fortísima, tenía carriles exclusivos para bicis que cruzaban fronteras y conectaban muchos países. El viejo continente, sería nuestro destino, cruzaríamos el océano atlántico.

Parecía que los planes fluían, Ana había desarrollado la habilidad necesaria en la bici, incluso en medio del tráfico. Encontramos tiquetes de avión a España en los plazos que habíamos establecido a un precio inmejorable. Todo lo relacionado con la empresa estaba debidamente organizado, ésta seguiría en marcha durante nuestro periodo de viaje y estaría bajo el control de un hermano de mi esposo. Además nos generaría un pequeño salario a modo de financiación. Creamos un plan de ahorro estricto, limitando nuestros gastos solo a lo directamente relacionado con el viaje. Las salidas a cine, restaurantes, zapatos nuevos, serían cosa del pasado. Ahora sí, todo o casi todo estaba decidido. Nos encontrábamos prestos para la aventura, pero ese tormento que venía aplazando no daba espera. Era momento de hallarle la solución al tema de mis mascotas.

Tenía dos gatas adoptadas una de 4 años y otra de dos, ellas de comportamiento independiente se quedarían al cuidado de mi madre quien ama los felinos. Una divertida pincher que me dieron a cuidar por un par de meses y llevaba con nosotros dos años, “Muñeca” sería devuelta a sus dueños originales quienes le darían un cuidado responsable. Y un samoyedo de nombre “Fantasma” de cuatro años, la adoración de mi esposo y mía por supuesto. Un perro adorable y que asimismo nos adoraba. Él, sin duda alguna, sería el que más sufriría con la separación.


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Ya conocíamos de su suplicio cuando en anteriores ocasiones, a nuestro regreso de vacaciones sin su compañía, lloraba desconsolado y temblaba cuando nos vió por primera vez después de tres semanas de viaje. Las historias del cuidador encargado, buen amigo por demás, ratificaban la soledad que vivió en ese tiempo. Como aquella vez que quebró un vidrio de una ventana cuando se vió solo en una casa que no sentía como propia y salió corriendo hacia la calle. Por suerte, mi amigo aún se encontraba en el parqueadero con el carro encendido, cuando el animal le llegó desesperado.

Sumado a semejantes experiencias, estaba el hecho que iba a ser imposible que yo disfrutara plenamente el viaje pensando en la suerte que podría correr Fantasma dejándolo en otra casa y al cuidado de un extraño, o al menos lo sería para él. Sabía de sus locuras, muchas veces tocó correr tras él para evitar una pelea con algún otro macho, sabía que en nuestra ausencia no comía ni bebía, nos extrañaría tanto como nosotros a él. Y sabía que encontrar quien asumiera los cuidados que nuestro peludo demandaría, seria una tarea infructuosa.

Así, internamente tomé la decisión, restaba solamente convencer a mi esposo de mi condición final. No se de que manera, ni a que costo, un perro samoyedo de 20 kg, viajaría junto a su familia montado en una bicicleta.

Así comenzó la aventura, a la fecha hemos recorrido España, Francia, Rusia, Georgia, Turquía y actualmente nos encontramos en Chipre.


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Acompaña a Fantasma y su familia sobre dos ruedas en Instagram:

@viajandogcolombia



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