Por: Rocio Navarro.

Todos tenemos razones que nos impulsan a tomar decisiones. Viajar, en mi caso, fue el resultado de un proceso de duelo que duró más de 8 años. No vengo de una familia viajera, nunca me interesó salir del país y tampoco tengo muchos amigos que lo hayan hecho.

Tuve la fortuna de crecer con padres para los que el conocimiento era el mayor bien que podían heredarle a su par de hijas. Un día mi papá llegó con un tablero enorme, lo puso en el patio de la casa y dijo: – Aquí vamos a aprender. Y así fue, cada semana nos sentaba a mi hermana y a mí, junto a un montón de libros y pasaba horas explicándonos sobre política,química, matemáticas y astronomía. A veces también invitaba a mi primo. Por su parte, mi mamá se encargaba del arte; nos hablaba de teatro, folclore colombiano, literatura y danza, hasta que crecimos, y decidimos por nuestras vidas, basándonos en la premisa que a diario nos repetían.

Los años pasaron y cuando uno de ellos partió, llegaron los días grises, – le llamo así porque me obligaron a vestir monocromático por más de un año- aprisionando dentro de una burbuja estrés, obligaciones y un obstáculo tras otro, pero dicen que cuando algo increíble está por sucederte sientes el miedo, y ahí es cuando sabes que tu vida está por cambiar.


Con 21 años, tomé mi maleta y me mudé al Cairo, Egipto, para el invierno del 2014. Encontré una pasantía y me fui. Yo lo único que sabía era que las mujeres usan hijab, que las pirámides quedaban allá y el calor. Para sorpresa mía, no todas se cubren porque allá conviven muchas religiones, las pirámides es solo una de todas las maravillas que tiene el país, también están Luxor, Aswan, Alexandría con su mítica biblioteca, el hermoso Mar Rojo en Dahab, los souks, la majestuosidad del Nilo y en invierno hasta puede llegar a caer nieve.


Viví un año por allá y fue la primera vez que sentí cómo mis ojos se abrían a la realidad del mundo, convertí mi mente en un espacio abierto, donde todos tienen la oportunidad de dejar su opinión. Aprendí a querer lo que nunca consideré como cercano a mí; un mundo más allá de mi ciudad, con colores, sabores, olores, sonidos y movimientos totalmente diferentes.

¡Cuánto te extraño Koshary!

Regresé en 2015 a Colombia con una sola idea: viajar, y así seguir el consejo de mis papás; el conocimiento como herencia intrínseca. En mi tierra duré 2 años trabajando, consiguiendo plata y guerreándola como cualquier colombiano, mientras me daba cuenta lo hermoso que es este país y cuánto lo desconocemos nosotros, los colombianos. Renuncié, y decidí arrancar con mi propio proyecto: Guess Where Colombia, viajando sola de norte a sur, por cafetales, nevados, playas, montañas, selvas y ciudades, con mi mochila y compartiendo todas las experiencias con cualquiera que encontrara en la ruta. Escalé montañas de hasta 5000 metros de altura sobre el nivel del mar, acumulé más de 100 km de ruta en senderismo, conocí lugares únicos y creé una comunidad que seguía mis pasos y anhela replicarlos en cualquier momento.

Pero para mí, ahí no terminaba todo, mis ansias de volver a pisar por fuera de las fronteras seguían ahí, entonces me puse manos a la obra, y tras 8 meses intentándolo, logré encontrar trabajo y un lugar dónde vivir en Brasil. Escribo este texto desde São Paulo, mi hogar desde hace un año, el lugar al que llegué sola y sin nada y en donde he tenido la oportunidad de ir construyendo una vida, poco a poco, sin afanes.

La ciudad tiene tanto para ofrecer que da para disfrutar cada una de sus facetas y enamorarse de la que más te convenga, y en caso de que no estés muy en la onda citadina, pues también están Bahía, Arrecife, Minas o Curitiba.

Mi experiencia hasta ahora del país verde, amarelo me deja esa sensación de vibra sabrosa latina, pero que aún mantiene sus diferencias de los demás porque simplemente no habla el mismo idioma. Incluso, ellos mismos cuando mencionan al resto de países de América del Sur, se refieren en tercera persona, como si no hicieran parte. Y no los culpo, debido a su tamaño podrían considerarse un pequeño continente tan rico en culturas que les es suficiente. Tienen ‘Feijoada’ como en México, Playas como en Colombia, Fútbol y churrasco como en Argentina, son fiesteros como los dominicanos o cubanos y cosmopolitas tipo Panamá City. ¡Brasil, en sí, es una pequeña Latinoamérica!

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